MUJERES MILITANTES, ALGO QUE INCOMODA

MUJERES MILITANTES, ALGO QUE INCOMODA

Moreno Lucia, Loza Flores Denise Ludmila, Chuchuy Gaspar Jezabel, Turone Nerina Emilia*

Cada 24 de marzo recordamos el inicio de la etapa más oscura de nuestra historia, el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia cuyas consignas se mantienen vivas, hoy más que nunca, a partir de la militancia incansable de movimientos organizados conformados en gran parte por mujeres.

La violencia y lucha de las mujeres argentinas tienen un notable tinte de fuertes roles de género, desde su militancia en las plazas y en las guerrillas hasta la violencia sobre sus cuerpos y familias que se perpetúa hasta la actualidad. Alejadas del lugar de víctimas se ha construido un perfil de resistencia protagónico a partir de la organización y de una identidad militante. En esta construcción somos nosotras las que tenemos la obligación y compromiso de ser corresponsales de aquellas mujeres cuyas vidas se vieron perturbadas por la dictadura.

Durante décadas sus vivencias fueron consideradas como “iguales que las del resto” e invisibilizando que se trataba de una violencia estructural orientada al disciplinamiento social. Las violaciones, los abusos, la tortura no fueron sucesos aislados u ocasionales sino que constituyeron prácticas sistemáticas ejecutadas dentro, de lo que ya sabemos, fue un plan clandestino de represión y de exterminio montado desde el Estado y dirigido por las Fuerzas Armadas. Luego de décadas de no poner sobre la mesa ¿Qué pasó con las mujeres en dictadura? Es fundamental entender que los crímenes contra las mujeres no son motivados por el odio, si no que son de orden político. Las guerras y las dictaduras son eminentemente masculinas, el poder es ejercido por varones y sostenido mediante estructuras patriarcales represivas.

Las prácticas represivas de la Junta Militar evidenciaron una fuerte dimensión de género al aplicarse conforme a los roles establecidos de la época. Si bien no puede afirmarse que la violencia haya sido mayor contra las mujeres que contra los varones, sí adoptó formas diferenciadas.

En este marco, resulta necesario detenerse en cómo estas prácticas fueron abordadas en el proceso de investigación y aparece otro problema: la ausencia de una perspectiva de género. La falta de la misma resultó clave para explicar su invisibilidad, aún siendo una práctica sistemática de tortura, la violencia sexual fue escasamente considerada en los procesos judiciales de la época, dejando por fuera múltiples delitos asociados, amparados por las leyes de obediencia debida, punto final y los indultos. De hecho recién a partir de 2010 comenzó a considerarse a las violaciones sexuales durante la Dictadura como crímenes de lesa humanidad, con autonomía de otros crímenes y no como una forma más de tortura.

Lejos de tratarse de una lógica confinada al pasado, estas formas de violencia y disciplinamiento con sesgo de género encuentran ecos en la actualidad. La pregunta entonces, es ¿Cuánto de ese orden persiste hoy? El modo en que se construyen, y juzgan las  trayectoria políticas de las mujeres evidencia que ese orden no ha desaparecido sino que se re-configura en otros modos.

Así como las formas de hostigamiento, deslegitimación y persecución que ha atravesado la figura de Cristina Fernandez de Kirchner por ocupar un espacio de liderazgo, no son nada más ni nada menos que un ejemplo llano de esto.

Si en la actualidad estas lógicas siguen operando, es porque tienen raíces profundas en la sociedad. Para comprenderlas, es trascendental volver a uno de los momentos en que ese orden comenzó a resquebrajarse de forma explícita.

En plena dictadura, precisamente en ese cruce entre represión y mandatos de género emergen las Madres que a partir de un 30 de abril de 1977, luego de búsquedas exhaustivas y respuestas de silencios cómplices, comenzaron a reunirse en la Plaza de Mayo bajo la pregunta ¿Dónde están nuestros hijos? Como los militares prohibieron las reuniones sociales y la orden policial era “circular” para asegurarse de invisibilizar lo que venía sucediendo, las madres lo convirtieron en “la ronda de los jueves” siendo así símbolo de lucha, movimiento y resistencia.

La maternidad cuyo rol histórico siempre se lo colocó en la esfera privada y doméstica se convierte en un grito de reclamo directo al estado. La política que siempre era para lo público (y los hombres) y el cuidado para lo privado (y las mujeres) sirvió para construir una división de tareas que mantenga a cada uno “donde le correspondía” y que el poder nunca sea ejercido por nosotras. Estas mujeres obligaron a la política a responderles desde el lugar que socialmente se les asignó, dejando la búsqueda individual de cada hijo o hija para iniciar un reclamo colectivo. Los militares “defendían a la patria y la familia”, entonces que mujeres que no solo no abandonaron su rol de madres si no que lo convierten en una herramienta de exigencia, haciendo política desde el lugar que tantos años se les negó, fue probablemente el momento más incómodo para el poder.

Es fundamental reconocer que las mujeres fueron las primeras que se animaron a salir a la calle en plena dictadura para enfrentar al aparato represivo más imponente de la historia del país, sin clandestinidad y sin esconderse, con mucho coraje, un pañuelo blanco para reconocerse entre ellas y con una consigna que pasó de ser una pregunta de madres y abuelas desamparadas a ser la bandera más importante que tiene nuestro país en materia de Derechos Humanos.

El ensañamiento contra estas mujeres «rebeldes» no era casual: buscaban silenciar a quienes ponían en riesgo la continuidad de una sociedad anestesiada. Los propios militares lo sabían, de hecho en un documento llamado «Instrucciones para Operaciones de Seguridad», aprobado en 1976 por el Jefe de Estado Mayor, general Roberto Viola, se advierte: El personal femenino podrá resultar tanto más peligroso que el masculino, por ello en ningún momento deberá descuidarse su vigilancia […]

La finalidad última de los militares nunca fue la desaparición física de los cuerpos, sino la destrucción de esos lazos comunitarios que lograron sobreponerse a la parálisis y al terror, para seguir su marcha.

Azucena Villaflor, Madre fundadora y desaparecida, decía que las madres se habían organizado para nunca más estar solas. Por eso la maternidad potenció la resistencia y organización de cientos de mujeres rompiendo con roles preestablecidos en la sociedad, donde el cuidado se trasladó de la casa a las rondas de la plaza y eso generó el mayor de los odios.

Es un error pensar que la violencia en contra de las mujeres es un problema solo de las mujeres, si no que es una violencia expresiva, es la manera que se busca decirle algo a toda la sociedad. Es un discurso sobre el control del poder, no se usa el poder para violentar mujeres, si no que se violentan mujeres para demostrar a toda la sociedad que ese poder está en manos de aquellos que ejercen la violencia.

En la misma línea, durante la dictadura la representación que se hizo de las mujeres militantes, sindicales, políticas, de organizaciones armadas, fue la de sexualmente libres y activas, por ende, malas madres, malas esposas y malas amas de casa. Según la Escuela de las Américas, «cuando una mujer era guerrillera, era muy peligrosa […] siempre eran apasionadas y prostitutas, y buscaban hombres» (Aucía, 2013: 32). Por ello, no es extraño que uno de los insultos más utilizados en el cautiverio fuera el de «putas». Como mujeres, la utilización de nuestros cuerpos o el deseo que despertamos en el otro como instrumento de manipulación o de salvación es condenable. Este modelo se contrapone a otro profundamente conservador y represivo, sostenido desde la moral católica, que sustenta un tipo de mujer heteronormativa, monogámica, reducida a la vida privada y a funciones de cuidado y de reproducción, siempre sometida a la autoridad masculina.

El sentido de la violencia sexual sobre las compañeras era usado como castigo o como venganza hacia una mujer genérica, que se la habia educado para estar en un ámbito determinado y que salió de su lugar. La violación se convierte, así, en un acto disciplinador, opresor y vengador.

En un sistema donde la jerarquía se sostiene sobre la narrativa de la masculinidad y la virilidad, los hombres se ven obligados a demostrar constantemente su hombría frente a sus pares y, al mismo tiempo, a someterse ante quienes están por encima. En ese contexto, cuando el poder se ve desafiado o su patrimonio es cuestionado, la agresión sexual se convierte en un instrumento para restaurar una autoridad perdida, funcionando como un medio para reafirmar dominación y control.

La violencia sexual ejercida en hombre, adquiere otro significado. No se viola para dar un mensaje a otra persona sino para socavar al hombre que, al ser violado, deja de ser un hombre. Se juegan los temores más profundos de la masculinidad: el miedo a la homosexualidad, a la feminización del cuerpo, a la pérdida de la virilidad.

No es coincidencia que muchas de las militantes de la década de 70 no solo encabezaron las luchas por la memoria y la busqueda de la identidad, sino que casualmente fueron las pioneras del movimiento feminista en la Argentina.

Lejos de ser un problema del pasado, las lógicas de disciplinamiento y control basadas en el género siguen operando en la actualidad, particularmente en los espacios de liderazgo político. Las barreras que enfrentan las mujeres para acceder y mantenerse en posiciones de poder no solo son fomentadas por la formalidad institucional sino que incluyen discriminación abierta, invisibilización, descalificación y diversas formas de violencia de carácter estructural que buscan desplazar a las mujeres de estos espacios y mantener la dominación jerarquica y masculina.

La realidad de la vida política que se desarrolla principalmente en los partidos políticos, asambleas legislativas, medios de comunicación y redes sociales expone con claridad estas dinámicas. Queda en evidencia cómo en la estrategia para mantener el poder, las mujeres son constantemente subestimadas y cuestionadas por su autoridad y capacidad de decisión.

La violencia ejercida constantemente en la figura de Cristina no es solamente hacia ella sino también hacia lo que representa para cada una de las mujeres. La proscripción no solo la separa del escenario político sino que se utiliza como herramienta de disciplinamiento para la posteridad. Ser mujer, política y con perspectiva hacia la justicia social es un combo imperdonable para la derecha, tanto así que la sentencian al lugar original por excelencia que consideran para cada mujer militante: dentro de su casa.
Esto no puede entenderse sin una lectura de género, cuando se la ha intentado instrumentar políticamente e inhabilitarla. Hoy en día es un ejemplo de resistencia frente a las prácticas de subordinación de género que han atravesado la historia política argentina.

No es coincidencia que estas técnicas de disciplinamiento vuelvan pero en formato de persecución judicial, en un contexto de recesión social y política en el que el otro es un obstáculo y el vínculo de domesticación es el más deseado. Por eso cuando Cristina dice “No voy a ser mascota del poder” no se refiere a la funcionalidad hacia un poder de turno, sino de no permitir que utilicen nuestros cuerpos como peones de un tablero para domesticar a la militancia que se logró construir en estos 50 años.

Si vienen por Cristina, vienen por nosotras.

 

 

(*)Estudiantes de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires

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